Sus castaños y largos cabellos volaban con la brisa marina mientras que sus ojos vagaban por el horizonte que se teñía de múltiples tonalidades azulinas. Apretó sus dedos alrededor de la rueda de gobierno. Era el capitán, el capitán del Perla Negra… los plazos se cumplían.

Se removió inquieto en su puesto y afianzó su gastado sombrero de tres alas en su cabeza. Estaba nervioso. Deseaba con todas su fuerzas salvar la vida, pero ella, ella… sabía que a estas alturas ya debía ser la “señora Turner”, pero… ¡Maldición! ¡Y aquella endemoniada brújula que se negaba a funcionar!.

Llamó a su segundo de abordo para que se encargara de dirigir la embarcación.

Bajó con pasos fuertes y decididos, estampando sus botas en las escaleras de madera, la cubierta relucía y la bandera negra con la calavera ondeaba orgullosa en el mástil principal.
Buscó una botella del ron más añejo de la bodega, extendió un mapa del mar caribeño que navegaban y alistó sus instrumentos

En algún punto de la velada la botella se acabó, llevándose su sentido común con ella. Condenó a todos los dioses y los increpó, ¡esto no podía pasarle a un pirata! ¡Jack Sparrow no debería haber conocido jamás el amor!. Los recuerdos de sus cabellos ondulados y rubios volvían a su cabeza con tanta fuerza que podía sentir sus manos acariciándolos. Resopló furioso consigo mismo.

Desde hace días que sabía el peligro que lo acosaba, David Jhones lo perseguía, el plazo había terminado y seguramente mandaría al “Kraken” por él… si al menos hubiese podido besarla… ¡demonios, Jack!.

Los días pasaron y su vida, como siempre, estuvo bajo peligro mortal, ninguna novedad; lo nuevo fue encontrar a Will y la inaudita historia que le contó. Debía entregar su brújula por ella…

Engañó a su compañero de aventuras y logró convencerlo de ir al mismísimo infierno. No conseguía entender la enorme valentía del joven William Turner y, con pesar, reconoció que su “amor” por Elizabeth no era ni tan gallardo, ni tan puro. Mejor. Él era un pirata. No tenía tiempo para esas cursilerías.

Ella apareció en el momento más crítico, el “Kraken” bebía la espuma dejada por la estela y la sombra de la muerte no abandonaba su camino. Jack tuvo que omitir los celos que le producía verla tan segura de su amor por Will y trataba de no pasar mucho tiempo a su lado. Desgraciadamente ni siquiera las reservas de ron de un navío pirata eran adecuadas para mantenerse apartado de aquella mujer.
Cada vez estaban más cerca de encontrar el cofre, cada vez podía sentir más lejana la hora de su muerte, pero… ¿por qué le importaba más la cara de preocupación y desasosiego que llevaba Elizabeth?. ¡Estaba loco!, eso de seguro, ¡loco de remate!.

Una tarde en que el sol se fundió con el mar y envolvió todo lo que había cerca en un incandescente rojo fuego, él se encontraba con los antebrazos apoyados en el recio borde de madera cuando ella se le acercó. Nada dijo, se limitó a contemplar el paisaje y detenerse a su lado. Jack sentía el viento jugar con su holgada camisa y la noche caer. Elizabeth ni se movía ni hablaba. Él se quedó con ella, estaban compartiendo mucho más con el silencio que los unía.
Will apareció victorioso al recuperar la llave que les daría acceso al comando de los mares, a la libertad de Elizabeth y a la vida de Jack.
Todo pronosticaba una victoria, todo se veía tan cerca, tan posible… que nadie pensó jamás que resultaría tan mal.

La “Indian Company” logró hacerse del corazón de David Jhones y, con esto, del completo dominio de los siete mares, aquello no sólo pronosticaba una anarquía, sino que también, el fin de los tiempos de libertad.
El Perla Negra logró resistir el primer ataque del “Kraken” trabajando todos en equipo. Se veía venir el segundo ataque y se dispusieron a huir.
Su figura femenina, a pesar de las ropas de pirata, y aquella aura de calma mientras se apoyaba en la baranda astillada y maltrecha, lo impresionó. Detuvo su fuga y la miró. Aquellos ojos castaños mostraron una pena tan profunda que si no estuviese seguro que Will vivía, lo hubiese creído muerto.
Haciendo acopio de un valor totalmente distinto al forjado en sus años de piratería, se acercó a ella y acarició su suave y sedosa mejilla. Ella sonrió triste y lo besó. Fue un beso brusco, apasionado y desesperado, sintió su espalda chocar contra el mástil y no le importó. Pero cuando el frío de las cadenas de hierro rodeó sus muñecas, lo comprendió. Ella lo había engañado, lo entregaba para salvar sus vidas.
Te busca a ti, no a nosotros –susurró mientras lo besaba nuevamente.
Eres toda un pirata, preciosa –sonrió.

Ella lo dejó.

Jack entendió, minutos antes del fin, que la pena que vio en sus ojos era por él.

Naedra

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